Generalizar causa problemas. No todas las mujeres conducen mal, no todos los hombres somos infieles, y, si notaste la ironía, no, el generalizar no siempre causa problemas. Pero creo que ya se puede empezar a notar lo que este asunto tiene en común: si algo se repite dentro de un grupo, esa idea suele aplicarse a todos los casos que cumplan con ciertas similitudes básicas. Curiosamente, esto sucede más que nada cuando se trata de personas, cuando la respuesta ante un problema que no nos afecta se quiere reducir lo máximo posible.

Creo que este es uno de los mayores obstáculos al hablar de si los niños y jóvenes con discapacidad deberían estudiar en escuelas regulares o en escuelas especializadas que estén completamente preparadas para atender todas sus necesidades. Te adelanto que la respuesta no es simple ni rotunda, no basta con debatir qué par de letras serán las que marcarán millones de vidas. Si bien estoy de acuerdo en que las opiniones tanto padres, maestros y del propio gobierno son importantes y válidas, creo que ninguna puede proclamarse como la que sabe qué es lo mejor para los niños. Vamos, si yo mismo tengo 30 años y a veces no sé qué es lo mejor para mí, si ver Netflix o YouTube, está claro que no me atrevería a decir si esta noche deberías perderte en la fantasía de los videos de Ter o empezar a ver La Casa de Papel y unirte a quienes esperamos su siguiente temporada como si fuera un adelanto de sueldo en plena cuesta de enero.

Aun así, te podría decir por qué el canal de Ter es uno de mis favoritos, y por qué una serie en la que la mayoría de los problemas son causados por los caprichos de un personaje que me cae mal logra mantener mi atención con cada capítulo. Esto mismo sucede con el tema de la educación especial, no puedo ni pretendo dar una respuesta, sino compartir la experiencia que yo mismo viví y esperar que sea de ayuda para alguien.

Habiendo estudiado desde los 6 hasta los 15 años en escuelas regulares, debo decir que no fue la etapa más fácil de mi vida, ni la más agradable, ni la más sencilla para mi familia. Pasé por burlas de algunos niños, rechazos de otros y fui el objetivo de unas pocas travesuras que estoy seguro de que no se las hubieran hecho a alguien más. También me topé con muchos maestros que no se tomaban el tiempo de ayudarme con los apuntes de las clases ni consideraban el no dejarme tarea que sólo consistía en copiar textos, aun sabiendo que claramente mi mamá lo tendría que hacer por mí. Si bien ya pasaron más de 15 años y tal vez las cosas han cambiado, no puedo negar por experiencia propia que las escuelas regulares no son el mejor lugar para ir con una discapacidad.

Sin embargo, esta es una experiencia por la que volvería a pasar ya que, por más contradictorio que parezca, muchos de mis mejores recuerdos son de esos años. No sólo hice amigos y podía estar con ellos a diario, también vi cómo muchos de los obstáculos que había los podía superar con el apoyo de mis compañeros de clase. Aunque no hubiera el suficiente tiempo para repetir los apuntes del día en mi libreta, siempre me prestaban los suyos para poder estudiar antes de los exámenes. Y también hubo maestros que se convirtieron en amigos, que me calificaban valorándome de una manera más adecuada, dándome varias opciones si no me entendían o incluso tomándose el tiempo de aprender a hacerlo.

Es verdad que en las escuelas regulares por lo general faltan recursos y no hay materiales adaptados a cualquier necesidad, pero en este tema tengo el ejemplo de mi mamá, quien fue maestra de preescolar durante toda su carrera y cada año la veía preparar material especial para sus constantes alumnos con alguna discapacidad. En este punto podría ir cerrando el tema y decir que no se trata de que haya o no escuelas especializadas, sino de que cada vez se necesiten menos, de que al valorar cada caso el ir a una escuela regular pueda ser una opción completamente viable porque el nivel de inclusión general así lo permita.

Sin embargo, otro de los motivos por los que no me arrepiento de haber estudiado en escuelas regulares es porque, al salir de ellas, no me topé con un mundo que se desviviera por adaptarse a las necesidades que tuviera, y es que, en la vida real, lo más probable es que sea yo quien tenga que adaptarse a la situación, al ritmo de los demás. Sí, seguramente no son pocos los casos en los que optar por una escuela especializada sea la única opción válida; sólo digo que pasar por situaciones difíciles y esforzarse también tiene su recompensa.