Con sólo una búsqueda rápida en Google y tal vez un par de clics, cualquiera llegaría a tener una idea bastante técnica, y puede que hasta precisa, acerca de lo que es la parálisis cerebral. Sin embargo, si me lo preguntan, más allá de entrar en detalles sobre las variantes y limitaciones que trae consigo, mi resumen sería muy simple: la parálisis cerebral es un ladrón. Y es que, básicamente, eso es todo lo que hace, robar; algunas son cosas obvias como el control sobre tu cuerpo o, dependiendo del caso, la habilidad de comunicarte fácilmente con las demás personas; otras, en cambio, suelen pasar desapercibidas.

En mi opinión, son estas últimas las que más afectan el día a día, las que marcan toda una vida. Y es que una cosa es no poder caminar, siempre habrá una silla de ruedas; pero, ¿qué hacer cuando te roba el derecho a la privacidad? ¿Cuando te roba el control sobre las decisiones de tu vida y se lo da a alguien más? ¿Cómo te sentirías al ver que siempre te roba la oportunidad de ser feliz al lado de otra persona? Sin caer en lo fatalista, sinceramente esa es la impresión que me ha dejado a lo largo ya de 28 años. La parálisis cerebral llega para tomar un lugar encima de tu espalda y romper todo lo que esté a su alcance.

Creo que la mayoría de las veces las personas sólo se quedan en las evidentes limitaciones que trae consigo, pero no prestan atención a todo lo que puede haber detrás de un cuerpo que no responde como debería, detrás de una boca que produce sonidos poco comunes, detrás de un rostro invadido por gestos claramente desagradables. Es fácil centrarse en la discapacidad y olvidar a la persona que vive día a día con ella.

Por eso mi propósito principal es mostrarte ese lado que casi nunca se ve, ese que sólo conocemos íntimamente aquellos que bailamos acompañados por cuatro ruedas, y así dificultar que la parálisis cerebral continúe robando a su antojo, sin nadie que la tome de la mano.

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