La vida es difícil, ya sea con discapacidad o no. Sin embargo, aquellos que tenemos limitaciones que, hasta cierto punto, no son del todo comunes, nos enfrentamos a retos u obstáculos que para el resto de personas sólo son un simple momento de su día a día. Pero todo esto ya es de conocimiento popular; cualquiera sabe la barrera que representan unas escaleras frente a una silla de ruedas, un cruce peatonal frente a un bastón que constantemente golpea el suelo, o, incluso, un video sin subtítulos frente a alguien que sólo puede escuchar con sus ojos. A veces pareciera que el mundo en sí mismo es un gran parque de diversiones el cual sólo pueden disfrutar en plenitud las personas que no tengan ningún tipo de limitante medianamente grave.

Si bien esta situación poco a poco ha ido cambiando, la icónica frase de Greg House, «La gente no cambia», es el punto clave de este tema. Ya he perdido la cuenta de las ocasiones que las personas, ya sean desconocidos, amigos o familiares, me asignan una limitante que sé perfectamente que no tengo. He dejado de ir a parques de atracciones por el cansancio de escuchar al encargado de seguridad decir “no te puedes subir a este juego”; y créeme, no es que yo esté loco y quiera correr dentro de una mansión a oscuras mientras actores que pretenden ser zombies con un deseo insaciable por devorar mi cerebro me persiguen por pasillos estrechos y llenos de escalones. No, tan sólo quiero subirme a los juegos más divertidos y que sé que no me ponen en un peligro inminente. Si bien no es que me vaya a morir por no subirme a una máquina que me haga girar a un par de decenas de metros por sobre el suelo, la verdad es que resulta frustrante que alguien que nunca ha vivido con la discapacidad que yo conozco perfectamente me quiera decir lo que “no puedo hacer”.

Pero todo esto es aplicable a situaciones cotidianas. No te imaginas cuántos “no puedes…” he tenido que desmentir para llegar a donde estoy hoy; cuántas limitaciones impuestas por otros con el afán de “cuidarme” he tenido que echar a un lado para que ese peso no ralentice mi andar; o cuántos temores he enfrentado sólo para descubrir que en realidad no eran míos. Te puedo asegurar que sobreproteger a una persona que tiene una discapacidad nunca le dejará nada bueno.

Sí, es cierto que mi familia ha tenido que aguantar las preocupaciones lógicas al permitirme vivir libremente, pero gracias a eso hoy en día he hecho cosas que muchos creerían impensables: desde salir con una amiga solos o tener una cita sin que mi familia intervenga, hasta mantener una vida sexual medianamente activa sin mayores inconvenientes. Así que cuando bailemos no le pongas los frenos a mi silla de ruedas, ya que, aunque pudiese pasar algo, el dolor de un golpe se va tras unos minutos, las heridas sanan y los moretones desaparecen con el tiempo, pero los recuerdos vividos durante esa canción se quedarán para siempre.