Capítulo 1
La risa salió más fuerte de lo que me hubiera gustado, y es que no lo pude evitar; la idea de haber esperado todos estos años lo que sucederá en las próximas 24 horas y, en realidad, nunca ponerme a pensar en cómo sería la noche anterior, me parece demasiado irónica. Por suerte no hay nadie lo suficientemente cerca como para escucharme, no me gustaría tener que explicar —o encubrir— el porqué de una risa que un oído atento habría identificado, tal vez un poco confundido, como “felizmente triste”.
Casi me sorprende la sonrisa profundamente sincera que ahora le sigue; también sé perfectamente el origen de esta, y a diferencia de lo sucedido hace sólo unos segundos, estaría encantado de decir, cuantas veces fuesen necesarias y posibles, lo que alimenta a este alegre acomodo de músculos faciales. Pero ella lo sabe, estoy seguro, y con eso basta.
Aunque ha sido un gran día y me cuesta mucho pensar en una manera mejor de haber pasado mi “última noche”, en realidad no es muy tarde; apenas pasa de las 11 PM, algo temprano como para que ya esté en mi cama y me disponga a dormir. De nuevo, hasta hace unos meses esto sólo habría podido significar algún malestar, un cansancio extremo o que me hubiera quedado sin nada que ver en YouTube. Pero hoy no, hoy me dormiré temprano para mañana estar con las energías al máximo y, de paso, para que mi noción del tiempo transcurra más rápido. La verdadera cuestión aquí es si podré hacerlo; nunca me había preguntado qué tanto sería capaz de dormir la noche anterior, aunque supongo que en esta situación a cualquier persona “normal” le costaría trabajo conciliar el sueño.
Ya es cerca de medianoche y me doy cuenta de que nuevamente mis pensamientos no dejan de navegar en el pasado, en cómo era y me sentía antes de que todo esto pasara. Cambio a una posición que renueve la comodidad, cierro los ojos y pienso en ella esperando que eso me ayude. No sé si algún día dejará de sorprenderme cómo he cambiado, todo lo que hemos vivido y lo mucho que nos espera por vivir. “Casi me sorprende…”, recuerdo y abro los ojos. No sé si soy consciente de cuándo dejé de dudar, cuándo dejé de contar y atesorar los días para cuando estos acabaran, cuándo se adueñó de mi confianza absoluta. Otra sonrisa nace en mi rostro, esta vez más tenue, esta vez más profunda, casi como si quisiera que mis labios no supieran de su existencia.
—Gracias —susurro en la moribunda soledad, estando seguro de que, de alguna forma, ella sabe que le estoy hablando.
Y casi como una respuesta inmediata, de la manera en que sólo ella es capaz, de mí se apodera una completa calma y, poco a poco, el sueño encuentra su camino. Al fin mi consciencia empieza a dirigirse hacia mañana por la vía rápida. Ahora, estando en el refugio del tiempo, el que antes también era mi escape de la aparentemente injusta realidad, sólo queda que el mundo espere, que los minutos busquen a otra persona a quien parecerle horas y que el reloj marque las 6 de la tarde.
Mañana, mañana es el día de nuestra boda.
Los pronósticos no se equivocaron, por la ventana entran unos cálidos rayos de luz, de esos que acarician la piel sin atreverse a calentarla demasiado; es como si el sol deseara tener un lugar en los recuerdos de este día.
¿Qué hora es? Me embarco en la tarea de incorporarme y me golpeo la mano un par de veces contra la pared al tratar de quitarme las sábanas de encima. Tal vez alguien más se hubiera quejado o al menos hecho una mueca de dolor, pero yo apenas soy consciente de que me acabo de pegar. Ya estoy sentado y veo en el reloj que son las 9:11 AM. Al parecer mi “hazaña” no ha pasado desapercibida. Alguien se acerca a abrir la puerta de mi habitación.
—Buenos días.
—Buenos días —le devuelvo el saludo a mi mamá tratando de igualar su sonrisa y tono alegre—. ¿Hice mucho ruido?
—No, en realidad no. Andaba cerca del cuarto para venir a ayudarte justo cuando te despertaras.
—No necesito tanta ayuda y lo sabes, mamá —digo con cuidado, no queriendo despreciar su gesto de atención.
—Lo sé perfectamente, sólo es que hace años lo hacía cada mañana y hoy quería hacerlo por última vez. —La alegría no se va de su voz, pero su rostro comienza a reflejar cierto aire de nostalgia.
Se acerca para sentarse a mi lado en la cama, por lo que recargo mi cabeza en su hombro, con mi brazo izquierdo toco su espalda y con mi mano libre, con cuidado, concentrándome en cada movimiento para no lastimarla, tomo la suya.
—Nunca pensamos que esto pasaría, ¿verdad? —La pregunta sale de mi boca sin ningún reproche, más bien está llena de comprensión y con una pizca de orgullo, diría yo.
—Antes de su cena de cumpleaños, tal vez no realmente. Quiero decir, como madre deseo que tus hermanos y tú tengan todo lo que una vida plena significa, sobre todo tú; y sabiendo que, de una manera u otra, tus hermanos podrían conseguirlo sin tanta ayuda de mi parte, mi prioridad siempre ha sido darte todo cuanto esté en mis manos. —De pronto su rostro y sus palabras toman un rumbo inesperadamente serio—. Pero, siendo honesta, en el fondo, aunque nunca lo quisiera reconocer, pensaba que si en tu vida algo no dependía de mi o de tus hermanos, si había algo en lo que no pudiéramos intervenir, entonces ese algo nunca sucedería. —No sólo creo que esta es la primera vez que esas palabras salen de su boca, sino que incluso es la primera vez que se permite siquiera pensarlo abiertamente.
Hay unos segundos de silencio antes de que mi mamá diga algo más.
—Perdón… —Su voz va desapareciendo mientras pronuncia esa palabra, tan corta y a la vez la única que parece existir durante este par de segundos.
Y aquí está, el último pendiente de mi lista, el gran jefe final. Aunque me hubiera gustado estar más preparado, o al menos más despierto, la idea de comenzar el día con este asunto resuelto me motiva; pero aún queda un largo camino para eso.
¿“Más preparado”? No es como si no lo hubiera intentado, pero por más que lo pensé nunca se me ocurrió una respuesta justa, honesta y convincente.
Comienza a preocuparme la demora en darle algunas palabras que alivien su pesar, sin embargo, al ver una lágrima rodar por su mejilla, mi boca empieza a moverse sin pedirle permiso a la razón.
—Siempre lo supe —inicio sin saber cómo terminarán estas palabras, y justo cuando la culpa en el rostro de mi mamá resulta más evidente, todo tiene sentido y los sentimientos se hacen tangibles uno tras otro—, y nunca te culpé. La mayoría del tiempo yo era el primero en dudar de mí, en más de la mitad de las veces quise rendirme antes de intentarlo, pero cuando giraba para dar marcha atrás ahí estaban ustedes, los veía siempre apoyándome. No bastaba con ayudarme en todo, nunca dejaron de creer en mí. ¿Cómo podría hacer algo más que seguir adelante y darlo todo hasta el final? Muchos dicen que soy muy valiente y perseverante, cuando en realidad sólo soy alguien cuya familia lo ha apoyado incondicionalmente.
Después de tanto buscarlas, estas eran las palabras exactas. Al voltear noto una nueva lágrima caer hasta sus manos, pero esta vez va exclamando alivio y el rostro de mi mamá ha vuelto a cambiar. Creo que trata de ahogar un suspiro.
—Sé que en la tarde lloraré a mares, y si empiezo desde ahorita dudo mucho que mis ojos lleguen a la noche. Así que mejor dime, ¿qué quieres desayunar?
Aunque sabiamente omite cualquier referencia a un “último desayuno”, todavía hay una cosa más que necesito confirmar.
—Mamá…
—¿Qué pasa? —pregunta extrañada por mi repentino tono de seriedad.
—¿Cumplirás nuestra promesa?
—¿Te muestro los boletos del primer viaje? —Me responde con un aire desafiante.
“Primer viaje”, casi son las mejores palabras que podría escuchar hoy.
—No —le respondo con una sonrisa—. Pero no vayas a ligar con el primer tipo que se te cruce por el camino.
—¿Entonces a qué voy? —Me guiña un ojo mientras se levanta de la cama.
“A buscar tu propia felicidad de nuevo, por favor”, quisiera decirle, pero algo en su nuevo rostro me hace sentir que no es necesario. Si alguien está escribiendo esto, gracias por hacerme tan feliz.
—¿Desayuno? —Vuelve a preguntar esperando una respuesta.
—Ya te levantaste —afirma Franco para sí mismo, que iba pasando afuera de mi puerta.
—Difícilmente se puede dormir hasta tarde un día como hoy —le contesto bromeando—. Ya lo verás cuando te llegue el momento.
—Probablemente me lleven dormido en la limosina y me cambie en la iglesia faltando diez minutos —comenta siguiéndome el juego.
—Ppfff, cinco, ¡sé más extremo! —Lo aliento.
—¡Qué graciosos! —exclama mi mamá fingiendo un regaño y tratando de no reír—. Hay que ver lo del desayuno para poder alcanzar a comer antes de arreglarnos.
—¿Para qué lo quieres complicar? —dice Franco cruzando mi puerta para ponerse junto a nosotros—. Ya casi son las diez, mejor tomemos algo y vayamos a comer más al rato. Así no nos arriesgamos a que se nos haga tarde, no vamos recién comidos y desquitamos la cena de la fiesta.
—Me gusta la idea, para eso se pagó —bromeo poniendo una cara despreocupada.
—Entonces hay que medio arreglarnos para salir a almorzar en una hora —concluye mi mamá—. ¿Y tu hermano?
—Supongo que en su cuarto —responde Franco—. Ve a hablarle en lo que cambio al novio; hoy sólo una mujer lo puede ver desnudo y esa no eres tú —dice sacándola cómicamente del cuarto mientras mi mamá pone una cara de falsa vergüenza.
—¡¿Pero a dónde vamos a comer?! —Alcanza a gritar mirándome por la cada vez más pequeña abertura de la puerta.
—¡A un lugar donde haya algo que nos guste a todos! —respondo sin darle mucha importancia, con la puerta ya cerrada.
—Te volverá a preguntar apenas te lleve a la silla —comenta Franco mientras camina hacia el mueble de mi ropa.
—Ahorita no tengo cabeza para elegir un lugar para comer. ¿Alguna sugerencia?
—¿Qué tal unos mariscos? No son muy pesados y te pueden hacer falta en la noche. —Trata de reforzar la broma con una cara juguetona.
—No quiero que mi primera deuda de casado sea una cama de hotel… o toda una habitación —respondo con tanta seriedad como me es posible.
Se le escapa una risa que ya no lo deja seguir poniendo en duda mis capacidades sexuales.
—Bueno, entonces vayamos al buffet de siempre. No está muy lejos y a todos nos gusta.
—Un asunto menos —festejo.
—Ahora falta tu ropa. Te pondré algo sencillo, a cabo te cambiarás de nuevo en un rato más, ¿de acuerdo?
—Sí, con que no parezca como recién levantado bastará para salir.
Elige el primer atuendo que combina un poco y se acerca para empezar a alistarme.
—Hasta el último segundo —menciona aparentemente esperando que le encuentre sentido a su afirmación.
—Aún tenemos tiempo; no me… —mi cara pasa por toda mi playera para quedarme semidesnudo—, levanté tan tarde. —Intento improvisar con lo primero que se me ocurre.
—Me refiero a la boda —resuelve el misterio mientras continúa desvistiéndome—. Si te arrepientes, sólo me tienes que decir y te sacaré de ahí, aun si se supone que tus siguientes palabras deberían ser “sí, acepto”.
Me veo tentado a reafirmarle mi amor por ella, pero su expresión me dice que no está dudando de eso, que, de hecho, no está dudando de nada. Es como si únicamente quisiera hacerme saber que no estoy obligado a casarme, que tendré otra opción hasta el último segundo.
—Gracias —contesto tan sincera y dulcemente como el estar casi desnudo me lo permite.
Alguien golpea tres veces mi puerta.
—Pasa. —Le digo a Pedro.
—¿Las interrumpo, señoritas?
—Sólo le falta el maquillaje —responde Franco moviéndose de manera exageradamente femenina hacia los cajones de mi ropa.
—Pero se me acabó y te quería pedir un poco del tuyo. —¿De verdad creyó que saldría limpio de su broma?
—Buenos días. —Se acerca Pedro y me abraza mientras la risa aún hace eco en su rostro—. ¿Lo termino de alistar mientras te cambias?
—Ya está listo para ir a comer. El verdadero cambio será hasta después de que regresemos.
—Buena idea, así no hay peligro de que enamores a otra antes de la boda. —Me dice Pedro guiñando un ojo.
—Les tengo que dejar alguna oportunidad a ustedes de vez en cuando, ¿no?
—Hablando de oportunidades —de pronto, Pedro se escucha un poco más serio—, si te arrepientes…
—¿Puede contar contigo hasta el último momento? —Lo interrumpe Franco—. Ya se lo dije yo —presume con una sonrisa de oreja a oreja.
—Pero ahora con dos la huida será más grácil y rápida —señala Pedro intentando aprovechar la inspiración que todavía le queda.
—¿Tú lo subes al carro y yo manejo?
—¡Directo al mejor “strip club” de la ciudad!
—Por lo menos usaríamos los trajes para algo. —De nuevo no es necesario mencionar que es imposible que no me case hoy, y opto por seguirles el juego.
—Entonces deja te llevo a tu silla en lo que se cambia. —Me dice Pedro.
—No me tardo —afirma Franco mientras se va a su cuarto.
Al terminar de acomodarme en mi silla, estoy seguro de que sólo es cuestión de tiempo para que se cumpla la predicción de mi hermano. La sala se siente fresca y tranquila, con la luz central prendida y acompañada sólo por unos pocos sonidos del vecindario. Niños jugando en la calle, un auto encendiendo su motor tal vez para llevar a una familia a su paseo del sábado, y fragmentos de pequeñas conversaciones se escuchan a lo lejos. Supongo que lo especial de un día depende de detrás de qué puerta estés. Hoy una puerta café separa mi historia de la del resto del mundo, una historia que hasta hace un par de años ni siquiera yo creía posible.
—¿Ya decidieron a dónde iremos a comer? —pregunta mi mamá apartando la mirada de su celular.
Está sentada en un sillón a un metro de mí, ya con su taza de café sobre una pequeña mesa justo enfrente.
—Llegué y sólo hablamos de maquillaje y strippers; me perdí la parte de la comida —bromea Pedro llevándose las manos a la cabeza mientras se sienta en la silla que puso a mi lado e ignora la falsa mirada de desaprobación que cae sobre nosotros.
—Es sólo un “plan de emergencia” —aclaro antes de que mi mamá se lo tome en serio, restándole importancia con un gesto de la cabeza.
—Graciosos… —Trata de fingir un regaño, pero al final se asoma una sonrisa que le borra toda seriedad.
—Pensamos que ir a La Tía es lo más fácil —les menciono para terminar con el tema—, ahí comemos bien y no nos arriesgamos a que se nos haga tarde.
—Entonces voy por tu cepillo y agua, para que puedas tomar algo en lo que baja Franco y nos vamos. —dice mi mamá después de mostrar que está de acuerdo con la idea.
—Yo voy por todo —Pedro detiene el movimiento de mi mamá con un ademán con la mano y se levanta para ir a la cocina—. ¿Tequila o cerveza?
—Una piña colada, pero sólo con el jugo de piña. —Le respondo y sale a su misión con una risa en los labios.
Como si se tratara de un bucle, de nuevo estoy sólo con mi mamá, esta vez en la sala de la casa; seguro que Franco bajará antes de que Pedro me traiga el agua y el cepillo.
—¿Estás nervioso? —Me pregunta mi mamá con una mirada que busca relajarme.
—Por casarme, no; pero sigo sin ser gran fan de la boda. —No puedo negar que, aunque ya no es un problema, la posibilidad de entorpecer la ceremonia no me emociona mucho.
—Seguro que saldrá muy bien, y en caso de que surgiera cualquier cosa, lo solucionaremos entre todos —afirma con una tranquilidad que se contagia—. Además, ella me contó que ya tienen todo controlado, incluso lo de los anillos.
Hace unas semanas que solucionamos ese tema, pero no sabía que se lo había dicho a alguien, aunque ella y mi mamá son tan cercanas que no me sorprende que lo sepa.
—Y yo que pensaba ofrecerme a tomar tu lugar si tenías problemas al momento del “puede besar a la novia” —bromea Pedro al volver con todas las cosas, más un pan dulce ya en su boca.
—Lo tuyo es escuchar e interrumpir conversaciones, ¿no? —Le pregunto aún riéndome de su comentario.
—Eso y la arquitectura, son dos de mis grandes pasiones —contesta con los ojos llenos de emoción.
Este momento de humor rompe con el ambiente algo denso que se estaba formando, ahora siento mi cuerpo de nuevo relajado y tengo una expresión alegre.
—Queremos casarnos el uno con el otro —les digo muy tranquilo, retomando el tema, casi sin verlos—. Trataremos de que todos puedan ver y disfrutar nuestra felicidad, pero lo que más nos importa es salir por la puerta como marido y mujer. Mientras eso suceda, se puede caer el techo en mitad de la ceremonia y nosotros la seguiríamos recordando como una boda perfecta. —Me tomo la libertad de repetir sus palabras a mi manera.
—Entonces no hay por qué estar más nervioso de lo normal —comenta mi mamá con el jugo de piña ya en la mano, mientras Pedro empieza a lavarme los dientes.
—Creo que cualquiera estaría nervioso el día de su boda, tal vez yo ni siquiera pueda salir del baño cuando esté en tu lugar —afirma Pedro poniendo su mano en mi hombro.
—¿Entonces todos los días practicas para eso o qué? —Se escucha la voz de Franco terminando de bajar las escaleras—. Porque en las mañanas hasta aquí olemos “tus nervios”.
Tengo que hacer un esfuerzo para no reírme y escupir toda el agua antes de tiempo, así que sólo le dirijo una mirada de agradecimiento a mi hermano por no haber dejado que se desperdiciara la oportunidad de hacer ese chiste.
—¿No me esperaron para tomar algo? —pregunta Franco ya en la sala fingiendo una cara de decepción.
—Sólo hicimos algo de tiempo en lo que bajabas. En la cocina te dejé café, pero si prefieres jugo, toma este y le traigo otro a tu hermano. —Le ofrece mi mamá mientras extiende el vaso.
—Pedro hizo que se me antojara un poco de pan, así que mejor iré por ese café.
—No coman mucho porque al rato no van a tener hambre —advierte mamá, aunque probablemente su intento sirva de poco.
Terminado el pequeño almuerzo, todo sucede como en cualquier otro día, sin despedidas ni comentarios dramáticos, sin que sea el final de nada, casi como si fuéramos a ir a una cena normal. Y es que, en realidad, en un par de semanas, cuando regresemos de viaje, no pasará mucho tiempo para que volvamos a estar aquí, los cinco, continuando lo que empezó hace más de un año. Después de todo, sólo estaremos a unas cuantas calles de distancia.
Ya en La Tía encontramos una mesa fácilmente; Pedro le pide a un par de personas que muevan un poco sus asientos mientras Franco me lleva en mi silla a los que, durante la siguiente hora, serán nuestros lugares. Después de esperar unos minutos, mi mamá llega a la mesa con un par de platos, de los cuales uno tiene lo que siempre suelo comer aquí, y ahora mis hermanos probablemente van a llenar los suyos con varios de sus platillos favoritos.
Mi familia intercambia comentarios entre algunos bocados, más que nada para ponernos al día acerca de las últimas cosas que han pasado. Franco nos cuenta que sigue mejorando en sus estudios, y al parecer en unas semanas Pedro tendrá la oportunidad de presentar formalmente su propuesta para ver si por fin pasa a ser un estándar en sus próximos proyectos. No participo mucho en la conversación porque, bueno, la comida en mi boca siempre gana la batalla y capta buena parte de mi atención, pero con un par de miradas y gestos les hago saber lo mucho que me alegro por lo bien que les va. Mamá también nos cuenta que ya está lista para viajar, hasta compró varios trajes de baño, ropa y lencería por si… palabras que prefiero olvidar para poder seguir durmiendo —o no— en las noches.
Con el estómago lleno, el tiempo parece ser más ligero. Tras mover la charla de nuevo a la sala, no pasa mucho tiempo hasta que nos damos cuenta de que ya es hora de comenzar a alistarnos. Mi mamá termina de bañarse y eso marca que es mi turno de entrar al baño junto con Franco.
—Lo bueno es que no hace falta darte un tiempo a solas —afirma bromeando—. Aunque, de hecho, hace mucho que ya no lo hacemos.
—Dudo que quisiera casarme si no fuera así. —Le respondo con una gran sonrisa en el rostro.
El agua tibia y los comentarios divertidos de Franco hacen que el baño termine en unos momentos sin que apenas lo note. En mi cuarto, Pedro me espera para vestirme y así Franco pueda regresar para bañarse.
—Aunque es la primera vez que usas un traje, no tardamos más de veinte minutos en terminar de arreglarte —menciona viéndome con orgullo en el espejo.
—Tenemos muchos años de práctica —comento lleno de gratitud mientras me aseguro de que no haya nada fuera de su lugar.
Son alrededor de las 4 PM y Franco sube mi silla al carro en lo que Pedro termina de ponerme el cinturón de seguridad; en un par de minutos estaremos listos para partir hacia la boda. Vamos con buen tiempo ya que, aunque la iglesia está a poco más de media hora, queremos evitar que el tráfico nos haga una mala jugada.
—¿No se nos olvida nada? —pregunta mamá para estar seguros de que no tendremos que volver a mitad de camino por una cartera.
—Novio, familia, llaves, anillos, celulares, tarjeta del strip club —recuenta Pedro—; no, todo listo.
—¿La mochila que preparé ayer en la noche? —Los pone a prueba.
—Fue lo primero que subimos —responde Franco mientras la levanta un poco del suelo.
Mamá sonríe y enciende el motor del carro. Sentir vibrar el asiento debajo de mí y ver al mundo moverse alrededor nuestro hace que todo sea más real que nunca; la boda ha dejado de ser un plan a futuro, una promesa expuesta al olvido, para convertirse en el ahora que tanto esperamos.
—Te veo muy relajado. ¿No estás nervioso? —Me pregunta Franco después de unos minutos contemplando el camino.
—No mucho —respondo mientras niego ligeramente con la cabeza—. Estoy más ansioso por verla que cualquier otra cosa. —Falta poco tiempo para que la espera termine, así que al fin me permito reconocerlo.
—No lo había pensado, pero es cierto —dice mi mamá como si acabara de tener una revelación—, desde hace meses que no están tanto tiempo separados.
—Creo que desde el principio de nuestra relación, cuando teníamos poco tiempo siendo novios —intento hacer memoria—, y en ese entonces por lo menos hablábamos a diario por mensajes.
Tal vez lo normal sería que estuviera nervioso por casarme, por la etapa que está a punto de comenzar en nuestras vidas, con responsabilidades y compromisos nuevos, con metas renovadas y un camino lleno de aventuras a la espera de ser vividas; pero de alguna forma, ha logrado que entre más avance el carro por la avenida, menos pueda pensar en algo que no sea en ella. Con cada semáforo en verde que pasa sobre mi cabeza estoy un poco más cerca del lugar donde nos volveremos a ver, y eso es suficiente para que mi cuerpo no me desobedezca demasiado.
Después de conversar acerca de la cena y de la posibilidad de que Franco encontrara un uso práctico a sus lecciones de Probabilidad y Estadística calculando cuántas oportunidades tienen de no regresar a casa en base a la cantidad de chicas, el promedio de relaciones estables e infidelidades, el efecto de estar en una boda y el alcohol —100% según sus cálculos; o tiene una excelente autoestima o las matemáticas se le siguen complicando un poco—, entramos al estacionamiento de la iglesia. Puedo reconocer muchos de los carros que ya se encuentran aquí, ya que sólo invitamos a amigos y familiares verdaderamente cercanos.
Pedro acomoda mi silla y Franco me baja del carro, ahora nos dirigimos a la entrada de la iglesia. Falta algo más de una hora para que comience la ceremonia y hay que saludar a los invitados, de los cuales unos pocos salen por las puertas en cuanto nos ven acercarnos.
—Llegué cinco minutos antes que tú, tienes al mejor “best man” de la ciudad —afirma David fingiendo presumir, mientras me saluda con un abrazo.
—Se hace el humilde —lo descubre Danie luciendo su prometido mechón de pelo verde—, pero nosotras fuimos de las primeras en llegar y ya estaba aquí listo para saludar a los invitados. —Me da un beso cuidando de no dejar algo de maquillaje en mi rostro.
—Aunque de seguro lo hizo para poder hablar con las chicas más bonitas —bromea Mirla y me da otro cuidadoso beso—. ¿Te gusta mi versión del vestido? Lo hice especialmente para hoy.
—¡Suerte que justo coincidió con mi boda! Me gusta aún más que el anterior —comento una vez que dejamos la broma—. Refleja mucho mejor tu estilo.
—Nosotros lo llevamos a saludar a los invitados, así pueden ir a hablar con más calma con sus familiares. —David le ofrece a mi mamá mientras toma control de mi silla.
—Muchas gracias, David —responde cuando termina de saludarlos—. Iré a revisar que no falte nada.
Los siguientes minutos se van entre besos, abrazos y apretones de mano. Creo que ni cuando cumplo años he escuchado tantas veces la palabra “felicidades”. Cada paso que damos parece llevarnos a una tanda nueva de saludos que duran un par de minutos, y sinceramente me anima ver sus rostros llenos de alegría.
Estamos a unos pocos metros del altar cuando Mirla me avisa que faltan cuatro minutos para las seis de la tarde. Respiro profundamente.
—¿Nos vamos acomodando? —Me pregunta David.
—Por supuesto —respondo sonriendo.
Danie y Mirla se paran junto a las demás damas de honor, mientras David termina de acomodar mi silla y se pone un par de metros al lado.
¿Por qué todos están tan callados y me miran tanto? Seguro es por el traje negro. ¿Estaré haciendo demasiados gestos? Dijo que no tardaría más de dos minutos, sólo debo concentrarme en estar tranquilo. Sigo sonriendo, eso espero, y en mi mente trato de adivinar qué tan hermosa se ve con su vestido. El piano comienza a sonar, mi corazón se detiene por un momento.
Su hermanita entra por la puerta y recorre el pasillo paso a paso esparciendo pétalos rojos y blancos, me sonríe con su misma dulzura de siempre al llegar a los asientos del frente, también le sonrío y le mando un pequeño beso. El piano cambia a su melodía más famosa. Levanto la mirada y la veo de pie en la entrada, tomada del brazo de su papá, con un vestido blanco que me deja completamente sin aliento. Diez mil millones.
Me mira con sus ojos iluminados y se aferra con más fuerza al brazo de su padre. ¿Por qué el piano ha dejado de sonar? ¿Por qué avanzan siguiendo un ritmo inexistente? ¿Por qué todo a su alrededor ha perdido color? Los latidos de mi corazón musicalizan cada uno de sus pasos. ¿Sigo respirando? Creo que sí. Suelta a su papá, quien parece que estaba por decirme algo, da un paso de más y me abraza con fuerza, como si me viera por primera vez después de meses.
—Lo logramos, mi amor —dice en un suspiro.
Cierro los ojos por unos segundos, todo en ella parece responder a los gritos de mi corazón. Percibo su calor llegando hasta lo más profundo de mí, su aroma detrás del perfume me hace creer que sólo estamos nosotros dos, su pecho besando al mío y sus brazos cubriendo desde mi espalda hasta mi nuca. Poco a poco nuestras respiraciones cantan una misma canción.
Me doy cuenta de que la música se vuelve a escuchar. Ahora mi cuerpo se siente más ligero que nunca.
—Casi me cuesta mi brazo evitar que corriera por el pasillo hasta ti. —Me comenta su papá por encima del hombro con tirante blanco—. Cuídala mucho, por favor.
Su voz se desvanece con cada palabra y sólo logro reunir la suficiente conciencia para asentir con la cabeza.
Ella da un último suspiro y se levanta poco a poco mientras quita los frenos de mi silla. Detiene a David con un pequeño gesto de su mano y me gira para ponerme de frente al altar.
—Estamos listos —afirma en voz baja con una sonrisa que le nace del corazón después de volver a poner los frenos y pararse a mi lado.
Fin del capítulo 1